Contraer matrimonio es decirle a toda la sociedad (y después a los hijos) que, pidiendo la protección de Dios, son esposos decididos a construir un edificio que se llama matrimonio, refugio para toda la vida de los esposos y familia.
La empresa que emprenden los novios al casarse: un emprendimiento enorme; tan enorme que les llevará toda la vida. No una vida simple, indiferente, de dejarse estar, sin responsabilidades; todo lo contrario porque será una vida dinámica, activa, con máxima responsabilidad, sin vacaciones, sin recompensa material.
Siendo así el matrimonio, ¿por qué los seres humanos, casi sin excepción, buscan y logran el matrimonio? Porque el ser humano ha nacido para el amor de Cristo y desean hacerlo presente mediante la representación de la Sagrada Familia en el seno de la que ahora se disponen a formar. El amor de los jóvenes y aún el de los mayores, es tan incontenible, tan soberano de la voluntad humana que sólo el convivir todo el tiempo juntos como esposos, los satisface y así llegan al matrimonio para poder demostrarse todo su amor de esposos.
Si tanta es su importancia nadie se explica porque no se preparan los jóvenes como corresponde para que sepan formar matrimonio no solo felices, sino para toda la vida y saber encontrar el él las satisfacciones que generosamente brinda. Aquí está la razón por la cual se debe preparar a los jóvenes: esa felicidad demostrada se llama amor; que a su vez vuelve a generar amor y así vive un matrimonio feliz. Esto tiene tanta fuerza y es tan agradable que hace olvidar a los esposos su dedicación diaria al matrimonio. ¡Qué lejos quedó la simple atracción sexual! Y esto es lo rescatable de la tan comentada y temida liberación de la época que no hace más que afianzar el matrimonio.
El primer deber de esposos es generar amor, único alimento que mantiene y acepta el matrimonio. El matrimonio es así: cambia amor por felicidad y felicidad por amor; solo él puede hacerlo es su privilegio y como es el máximo logro humano aceptamos sus condiciones a cambio de felicidad conyugal.
Contraer matrimonio es decirle a toda la sociedad (y después a los hijos) que, pidiendo la protección de Dios, son esposos decididos a construir un edificio que se llama matrimonio, refugio para toda la vida de los esposos y familia.
La empresa que emprenden los novios al casarse: un emprendimiento enorme; tan enorme que les llevará toda la vida. No una vida simple, indiferente, de dejarse estar, sin responsabilidades; todo lo contrario porque será una vida dinámica, activa, con máxima responsabilidad, sin vacaciones, sin recompensa material.
Siendo así el matrimonio, ¿por qué los seres humanos, casi sin excepción, buscan y logran el matrimonio? Porque el ser humano ha nacido para el amor de Cristo y desean hacerlo presente mediante la representación de la Sagrada Familia en el seno de la que ahora se disponen a formar. El amor de los jóvenes y aún el de los mayores, es tan incontenible, tan soberano de la voluntad humana que sólo el convivir todo el tiempo juntos como esposos, los satisface y así llegan al matrimonio para poder demostrarse todo su amor de esposos.
Si tanta es su importancia nadie se explica porque no se preparan los jóvenes como corresponde para que sepan formar matrimonio no solo felices, sino para toda la vida y saber encontrar el él las satisfacciones que generosamente brinda. Aquí está la razón por la cual se debe preparar a los jóvenes: esa felicidad demostrada se llama amor; que a su vez vuelve a generar amor y así vive un matrimonio feliz. Esto tiene tanta fuerza y es tan agradable que hace olvidar a los esposos su dedicación diaria al matrimonio. ¡Qué lejos quedó la simple atracción sexual! Y esto es lo rescatable de la tan comentada y temida liberación de la época que no hace más que afianzar el matrimonio.
El primer deber de esposos es generar amor, único alimento que mantiene y acepta el matrimonio. El matrimonio es así: cambia amor por felicidad y felicidad por amor; solo él puede hacerlo es su privilegio y como es el máximo logro humano aceptamos sus condiciones a cambio de felicidad conyugal.